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El debate sobre la vacunación obligatoria en la historia de Chile

En este recorrido, iniciado a fines del siglo XI, encontramos hitos y un interesante contenido de argumentos de quienes han estado a favor y detractores.

Por Dr. Jorge Lastra, Director del Área de Docencia de Falmed

El debate sobre la vacunación obligatoria se puede rastrear en la historia de Chile a partir de fines del siglo XI. En este recorrido, es posible encontrar hitos y un interesante contenido en los argumentos de quienes la han apoyado y quienes han estado por su rechazo. Este largo recorrido permitió, a mediados del siglo XX, alcanzar grandes acuerdos, que facilitaron amplias coberturas dentro de la población vacunada y, de esta forma, convertir a Chile en un ejemplo para todo el mundo.

Nuestro país obtuvo un notable impacto sanitario a nivel de salud infantil, mediante la reducción y erradicación de algunas de las enfermedades infecto contagiosas más comunes en el siglo pasado, como el sarampión, la viruela, la varicela, la poliomielitis, entre otras tantas. Todo esto gracias a su robusto programa nacional de inmunizaciones.

Dentro de los hitos a destacar en esta senda, está en primer lugar la creación de la Junta Central de Vacunas el año 1812; su reformulación en 1830 bajo el gobierno de Diego Portales; y luego, se encuentra una tercera reorganización bajo el gobierno del Presidente Domingo Santa María, en 1886.

En el ámbito político, el primer proyecto de ley de vacunación obligatoria fue presentado en 1887 por Ramón Allende Padín, político radical y médico cirujano. Diputado y senador que, entre otros cargos, fue jefe de sanidad del Ejército de Chile durante la guerra del Pacífico. Su proyecto fue rechazado por la Cámara de Diputados en 1882, por la oposición de parlamentarios e intelectuales de ideología liberal.

Ese mismo año, el filántropo Manuel Arriarán, que un año antes dirigió un lazareto que recibía enfermos de viruela, envió una carta al Presidente Balmaceda, solitando la obligatoriedad de la vacuna.         

                                       

El año 1886, el presidente José Manuel Balmaceda vuelve a presentar un proyecto de ley sobre vacunación obligatoria, que fue rechazado por el Congreso Nacional. Un año después, el mismo presidente Balmaceda, establece por Decreto la Vacunación Obligatoria contra la viruela para los recién nacidos.

Finalmente, será en 1918 cuando el Código Sanitario establecerá la vacunación obligatoria contra la viruela para toda la población en su primer año de vida y su revacunación a los 10 y 21 años.

                                         

El contenido de la discusión tuvo distintas perspectivas. En primer lugar, quienes estaban por la vacunación obligatoria fueron principalmente médicos denominados “higienistas”, como Adolfo Murillo, José A. García y Ramón Allende, cuyo fundamento era la salud de la población y el carácter preventivo de la vacunación, así como las bases empíricas del proceso de preparación, distribución e inoculación de las vacunas, como se presenta en los libros: La viruela. La vacuna. Apuntes, (1876), del doctor Ramón Allende Padin[1], y Vacunación obligatoria: discurso pronunciado en la Cámara de Diputados (1883), por el Dr. A. Murillo, entonces presidente de la Junta Central de Vacuna. En ese discurso, sostiene que: "la libertad es el uso del derecho en su sentido más absoluto, siempre que vaya encaminada al bien, jamás al mal (…) que nadie tiene derecho para ser un foco de infección que perjudique al vecino, i que la autoridad debe velar por el derecho de terceros"[2] .

                                              

Por el rechazo de la obligatoriedad estaban, principalmente, representantes de la ideología liberal, quienes argumentaban en contra de esta medida, en defensa de la libertad individual; pues consideraban que el Estado no podía forzar a la población a actuar en contra de su voluntad. También se usó como argumento opositor, una supuesta transmisión de enfermedades que acompañaba el procedimiento. Otra de las causas del rechazo se relacionó con que la de vacunación resultaba dolorosa, pues la lanceta utilizada para vacunar era de acero; además, la inoculación se repetía tres veces en cada brazo y generalmente había desagradables síntomas en los días posteriores.

Finalmente, también existía miedo a la vacuna de parte de la población que no confiaba en la medicina científica y prefería la medicina popular; probablemente estimulada por el discurso de rechazo de algunos, como el profesor Ipólito Kontreras, quien señaló que la vacunación obligatoria "no debiera formar parte de ninguna bandera social porque ella es un atentado a la libertad i a la dignidad del hombre"[3] o de Alfredo Helsby, pintor porteño, que escribió: La Vacuna es un engaño. Su imposición un crimen (1922)[4], donde afirmó que las pruebas que sustentaron la ley de vacunación obligatoria en Chile eran falsas, y que la adopción de esta medida por parte del Estado era un error que atentaba contra la libertad individual. Aunque la causa de su postura antivacuna era escencialmente personal, ya que durante su infancia sufrió una complicación de salud luego de recibir una vacuna.

                                                        

Así, el debate enfrentó una cuestión de fondo acerca del rol del Estado, pues en caso de aprobarse la vacunación obligatoria, el Estado pasaba a jugar un papel clave, lo cual no era aceptado por la idiología liberal. Como lo señala la historiadora, Josefina Cabrera: "La vacunación obligatoria como medida preventiva exigía al Estado hacerse cargo de la salud de los ciudadanos, idea que aún no era aceptada por las elites políticas."[5]

En definitiva, será el propio curso de la enfermedad lo que establecerá la correlación de fuerzas a favor de las vacunas.  La viruela demostró graves consecuencias en la población chilena, pues entre los años 1882 y 1885, mató a 18.359 personas, muchos de ellos abandonados en lazaretos, donde la letalidad era de 70%[6]. En esos años, Chile tenía 2.527.320 de habitantes[7]. Esta estadística indica una tasa de mortalidad para el año 1886 de 308,12 por 100.000 habitantes, mientras que la actual pandemia ha provocado la muerte 22.264 personas, con una tasa de mortalidad para el año 2020, de 114,4 por 100.000[8].

De esta forma, las graves consecuencias motivaron el interés por la vacuna y constituyeron un argumento difícil de rebatir, provocando que finalmente, la mayoría de la población apoyara la vacunación obligatoria.

Ya más avanzado el siglo XX, en 1959 se declaró erradicada la viruela de Chile. Siete años más tarde, en 1966, la Organización Mundial de la Salud se propuso erradicar definitivamente la viruela del planeta, la que sería la primera enfermedad infectocontagiosa en hacerlo. Este objetivo se logró en 1980[9].