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Atención Médica Prioritaria de la Infancia Vulnerada: ¿Cuestión de Voluntad?

Hoy no existen niños o niñas abandonados en las iglesias o conventos, hoy existen niños y niñas intoxicados a los 8 o 9 años de edad, por consumo de neoprén o pasta base.


Crédito: Sergio Larraín 


Por 
 María Pilar Villarroel Gallardo
-Jueza de Familia del Centro de Medidas Cautelares de Santiago.
-Directora Fundación Ecam (Egresados Casas de Menores)
-Comisionada en la Comisión de DDHH y Género de la Asociación de Magistradas y Magistrados de Chile.

A lo largo de la evolución histórica de nuestra sociedad, los cambios evidentemente han sido muchos y el ritmo de los mismos se ha ido acelerando quizás más rápido que la reacción esperada por parte de las instituciones. Estos cambios impactan en lo cultural, en lo económico, en lo político, en lo social, y como resultado de ello, también hay un cambio en nuestras necesidades, nuestras prioridades, nuestras desigualdades y nuestra niñez y adolescencia vulneradas.

Es así como en el siglo XX, en el país hay una fuerte explosión demográfica, se inicia un proceso de urbanización, altos niveles de desempleo y precariedad en las condiciones sociales de los sectores más marginales, lo que conlleva en nuestro país una extensión de la pobreza asociada a la desnutrición, escasez de vivienda, insalubridad, etc. En dicho contexto, y a raíz de la pobreza dura de sus entornos, nuestros niños, niñas y adolescentes llegaban a instancias de la salud pública y del sistema de protección social, ambos incipientes en Chile, producto de abandonos, mala alimentación y de las enfermedades desencadenadas por aquello. 

La pediatría con enfoque social, comienza a ser esencial en el trabajo con estos grupos vulnerados, a través de equipos multidisciplinarios y con una mirada integral. El doctor Calvo Mackenna, afirmaba en su Memoria de la Casa Nacional del Niño, el año 1934, que dentro de los objetivos de dicha institución estaban, prevenir el abandono, asilar transitoriamente a aquellos niños cuyas familias atravesaran situaciones económicas aflictivas, y finalmente asistir, a los abandonados. Dicha Casa, era una institución de beneficencia, y su fundador, confiaba en que allí, “se encontrara  la evidencia de una modesta, pero grande buena voluntad”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       Llegado el siglo XXI, mejoran los números en la economía global, hay grandes avances tecnológicos, en la salud, en lo social, en la educación y en políticas públicas que mejoran los servicios sociales. Pero la pobreza, y nuestros niños, niñas y adolescentes vulnerados, no desaparecen. Cambian.

No hay duda que según los análisis económicos, en las últimas décadas en Chile se ha reducido objetivamente la pobreza “material”, pero las brechas y desigualdades sociales han aumentado y ello ha impactado directamente en el tipo de vulneraciones de las cuales, actualmente nuestros niños y jóvenes, son sujetos.

Es ahí donde las enfermedades mentales, las adicciones desde las más tiernas edades, las discapacidades cognitivas como consecuencia de alcoholismo y drogadicción de los progenitores, redes de comercio sexual infantil, entre otras vulneraciones, comienzan a ser parte de nuestro día a día laboral, tanto en el sistema de justicia, como en los Hospitales y red de atención primaria de salud a lo largo de Chile. Hoy no existen niños o niñas abandonados en las iglesias o conventos, hoy existen niños y niñas intoxicados a los 8 o 9 años de edad, por consumo de neoprén o pasta base.

Sabemos que el sistema público no está preparado, y con ello me refiero al sistema de salud, al sistema de justicia y al sistema de protección social. No sólo por la falta de capacidad de atención, estructural, capacitación de los profesionales y falta de recursos económicos, sino, peor aún, porque la autoridad no ha dimensionado la gravedad de la problemática, y mientras ello no suceda, seguirá existiendo precariedad en la atención de nuestra niñez y adolescencia gravemente vulnerada por una sociedad individualista.

Dentro de este panorama, lo que no cambia, es que la labor, vocación y “voluntad” de los profesionales de la salud, sigue siendo esencial en este camino. Mi convicción hasta hace algunos años, como Jueza de Familia, era que habiendo Chile ratificado la Convención Internacional de los Derechos del Niño,  el 14 de agosto del año 1990, en materia de derechos humanos de nuestros niños, niñas y adolescentes vulnerados, debíamos exigir al estado la excelencia en su trato, prevención y reparación, no aspirando a que la oportuna y eficaz atención, sea producto sólo de la “buena voluntad” de Jueces, Médicos y funcionarios, que el destino logra poner en el camino de estos niños y niñas. Pero un doctor amigo, sabiamente, me corrigió en una oportunidad, señalándome que todos los profesionales de trabajen con niños y jóvenes vulnerados, deben de tener la voluntad y vocación para trabajar en esto. Esa, me dijo, es la única manera de generar un cambio.

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